He venido reflexionando sobre la maldad, particularmente aquella que juzgamos hacia nosotros mismos, es decir, cuando nos sentimos malos por cualquier razón. He escarbado varias capas de esta "maldad": el juicio que parte de la norma social (somos malos cuando no hacemos lo políticamente correcto o socialmente aceptado, o somos malos cuando infringimos la ley), el juicio que surge de la divergencia de opiniones (somos malos cuando no hacemos lo que el otro hubiera hecho o lo que el otro quisiera que hubiesemos hecho) y el más profundo de todos, el juicio que sale de nuestro propio corazón (somos malos cuando hacemos sufrir a los demás).
Y he encontrado tanta evidencia de maldad donde realmente nunca ha existido: como juzgar a alguien de malo simplemente porque no hace lo que yo quiero que haga? no es ese acaso su derecho natural y divino, hacer con su vida lo que el elige?; cómo juzgar a alguien de malo solo porque rompe una regla social? acaso no existirá otra sociedad en la cual precisamente ese comportamiento es recompensado? y aún si así no fuera, como juzgar a alguien de malo si yo no puedo estar dentro de su corazón?
Me descalifico entonces como juez, aunque es una de esas acciones que debo dejar ir una y otra y otra y otra vez mas: estoy demasiado bien entrenada para juzgar, lo he aprendido de la sociedad, lo vivo cada dia cuando soy victima de mi propio juez.
Entonces llego a mi herejía de hoy: cómo juzgarnos de malos solo porque otros sufren por nuestras acciones y elecciones? Parece obvio, por eso es una herejía de las más grandes: los demás no sufren por nuestras acciones y elecciones, los demás sufren por sus interpretaciones de nuestros actos y eso nada tiene que ver con quienes somos, con nuestra bondad o la carencia de esta, de hecho, nuestros actos nada tienen que ver con nada, mucho menos con los demás o con herir a los demás.
Aprendemos de la sociedad y de nuestros padres demasiado bien la culpa por nuestros actos y asumimos la culpa como asumimos la posición de penitencia y los padrenuestros asociados con la confesión: como un acto de purga necesario, mea culpa, mea culpa. Sentimos que si nos sentimos malos en algo vamos a aliviar el dolor ajeno, por lo menos esa persona sabe que no estoy feliz con lo que hice, o por lo menos finjo no estarlo y asumo la culpa y el juicio de maldad.
Que gran farsa!. Vamos por la vida intentando ser felices. Nuestras acciones y elecciones son todas fruto de lo que en un momento pensamos que era nuestro camino a la felicidad. Puede ser que nos equivoquemos, no importa, la intención de nuestros actos es ser felices, ese es el mandato de nuestra vida. No actuamos para herir a los demás, no actuamos para infringir leyes: cuando pensamos en la posibilidad de ser felices vamos arrastrados por nuestro corazón, por cosas lindas, por la buena intención con la que fuimos concebidos, jamás por la maldad.
De manera que hoy la herejía es una invitación a acabar con el juicio absurdo hacia nuestra propia humanidad: nuestra intención es ser felices, la antorcha que ilumina nuestros pasos es esa intención. Si los demás sufren, su sufrimiento es consecuencia de su propia elección, no de nuestra acción.
